Bienvenido el extraño: drama sobre salud mental en escena
A casa llena y ante un público conmovido, la obra teatral Bienvenido el extraño se presentó en la Sala Manuel Rueda de Bellas Artes con una puesta en escena desgarradora y profundamente humana, que trascendió la representación dramática para convertirse en una experiencia sensorial y reflexiva.
La dramaturgia del doctor Yino Martínez, basada en hechos reales, llegó a escena con la producción de Canek Denis, bajo la dirección de Vicente Santos, con un montaje plasmado de imágenes en movimiento, testimonios personales y música en vivo donde se retratan las heridas que provocan el rechazo, la ignorancia y los prejuicios alrededor de la salud mental. La historia sigue a Bienvenido, un destacado estudiante de medicina cuya vida cambia tras sufrir un colapso emocional provocado por la presión académica.
La pieza transitó entre la palabra hablada, el verso y el canto colectivo, construyendo una atmósfera en la que cada gesto, sonido y pausa tuvo peso dramático. El resultado fue una propuesta cruda, por momentos incómoda, que llevó a los espectadores a enfrentarse con la facilidad con la que una sociedad señala, excluye y deshumaniza aquello que no comprende.
Impacto emocional de la obra
El elenco, conformado por Iván Mejía, Judith Rodríguez, Pepe Sierra, Ruth Emeterio, Manuel Raposo, Lía Briones, Wendy Alba y el propio Vicente Santos, logró interpretaciones contundentes y asumió cada personaje con personalidad y verdad escénica, dando cuerpo a los distintos rostros de una comunidad atravesada por la culpa, el miedo, la ignorancia, la compasión y la posibilidad de redención.
La historia recorrió con intensidad las distintas etapas emocionales de su protagonista, marcadas por el rechazo, el encierro y la estigmatización. Su actuación mostró tanto la fragilidad del personaje como su capacidad para reconstruirse, recuperar su proyecto de vida y regresar convertido en médico al mismo pueblo que antes lo había condenado.
Sobre el escenario, el contrabajo y la percusión dejaron de ser simples acompañamientos y se convirtieron en parte activa de la narración. Interpretada en vivo por Attabeyra Hailí y José Andrés Molina, la música marcó los silencios, las tensiones y los momentos de mayor vulnerabilidad de los personajes, aportando una dimensión ritual y poética a la función. La puesta en escena también contó con la iluminación de Ernesto López, el vestuario de Renata Cruz Carretero y el maquillaje de Tezza Borja.
